El viaje de los espejos

Theo:


Una atracción clásica de los años ochenta —la década de mi niñez— era la casa de los espejos. Entrabas en ella y te sumergías en un recorrido de reflejos nítidos y al mismo tiempo distorsionados de ti mismo. El sonido común era el de las risas burlonas por las visiones estrambóticas que se reflejaban. Uno se reía, sobre todo, de cómo se veían los demás, y los demás de cómo se veía uno. Un intercambio gracioso de ida y vuelta. Recuerdo la situación y me provoca risas. Quizá sin querer era un ejercicio sano sobre cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Quizás había algo filosófico detrás de esta casa de diversión.

Pero no dejaba de ser un juego de niños. Salías de ahí a vivir la vida normal. En el espejo de mi casa veía a un niño sonriente, delgado y bajo, de piel morena y cabello de guayaba. Así le decía al peinado natural que se formaba en mi cabeza y que mi mamá —tu abuela Mari— reforzaba con gel todas las mañanas. Odiaba no tener otro peinado, alguno de las revistas de las estéticas. El mío consistía en una caída curveada de pelos delgados, levemente ondulados y rebeldes, divididos a la mitad y que me daban la imagen de una guayaba andante, por la forma ovalada de mi cabeza.

Todo se solucionaba cuando dejaba de mirarme en el espejo.

Cuando eres padre, es inevitable, emprendes un viaje profundo y con imágenes inesperadas. El viaje de los espejos, en el que a cada instante, mientras observas a tu hijo/hija/hije, te reflejas en visiones estrambóticas que te gritan cómo viviste cada etapa de tu niñez. La experiencia a veces te rebasa. Quieres dejar de mirar pero no puedes. En algunos momentos quieres escapar, pero es imposible. No hay escapatoria. Te miras en él/ella/elle y te invade algo, una emoción, un sentimiento, una sensación corporal. Te preguntas qué tienes, por qué el nudo en la garganta si no te está pasando nada, si tu hije está bien. Después de darle vueltas descubres que estás espejeándote y cuánto te dolía dejar diario tu casa y la calidez de mamá para ir a la escuela, con un uniforme extraño y áspero que te asfixiaba un poco.

Hoy me miro al espejo y ya no hay cabello de guayaba. Me gusta mucho más lo que veo. He aprendido a moldearme a mí mismo, a crear mi peinado aunque mis pelos sigan siendo rebeldes, ahora más gruesos y quebrados.

El tiempo es implacable y cada vez que me miro detecto las escasas canas, pero sobre todo advierto cómo mi mechón frontal se aclara peligrosamente, como si estuviera en un estado de transición del negro al gris a mis cuarenta y un años.

Hoy te miro y te acepto. Me acepto.



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