«¡Crash!» y la cápsula plateada

Noche del 30 de octubre de 2021. Horas antes de Halloween. El aire estaba impregnado de misterio en una carretera de dos carriles en medio del descampado. 

No le atribuí nada a la fecha. Nada más allá de lo convencional. Supuse fiestas, disfraces y niñas y niños pidiendo dulces por las calles.

Viví, sin embargo, un despertar bajo el cielo nocturno. La circunstancia más difícil de asimilar desde que soy tu padre. 

Los hechos

Avanzábamos por el camino de dos sentidos. Ibas sentado en la silla de seguridad. Tu mamá a tu lado. Yo conducía. Habíamos partido de la casa de tus abuelos donde se celebraba la fiesta de cumpleaños de tu tío Enrique —hermano de tu abuela Mary—. Eran más de las diez de la noche. 

Veías videos en una tablet. Con suerte y en cualquier momento te quedarías dormido. Tu mamá y yo platicábamos mientras pasábamos por una zona de topes a veinte o treinta kilómetros por hora. Un recorrido de mero trámite para tomar la autopista. 

En un instante ráfaga un vehículo deportivo salió disparado de la negritud hacia nosotros. «¡Crash!».

Chocó contra la parte trasera exactamente del lado donde tú viajabas. Solo el espacio de la cajuela lo separaba de ti. 

Se asentaron los fundamentos dentro de mí. Cogí fuerza y serenidad para huir del desconcierto. Me aseguré de tener el control del auto, aferrado al volante, y vi cómo pasaba el bólido a nuestra derecha. Supe sin razonar que la física estaba al mando. Cada movimiento contaba.

Orillé el coche. Giré la cabeza para verte. La imagen está fija en mi memoria. Eras un Buda. No te habías movido un solo centímetro de tu silla de seguridad y permanecías absorto en la tablet como si nada hubiese pasado.

Tu mamá y yo cruzamos algunas palabras resoplando. "Qué pendejo", repetía yo. Bajé a mirar el golpe. Era como el rasguño mayúsculo de un felino. Ella salió del auto y caminó firme hacia el otro auto. Le gritó su ira al conductor, la de una madre muy encabronada. Una lección de acción y compensación de manual. Las energías de los tres —la de ella, la tuya y la mía— ya estaban alineadas. 

Era un joven de veintitantos o treinta y tantos años, alcoholizado —en el mejor de los casos—. Tenía look de fiesta. Se acercó, se disculpó con una letanía de palabras torpes y preguntó por ti. Quiso cerciorarse de que venías en el auto como le había avisado tu mamá; medir el tamaño de su estupidez.

Los dedos se le cuatrapeaban, no lograba marcar a su aseguradora y, cuando pudo hablar con alguien al teléfono, no conseguía mantener una conversación lógica.

Yo sabía que la noche sería larga. Apenas comenzaba el engorroso proceso de las aseguradoras. Primero había que esperar a los ajustadores para que evaluaran los daños. 

Tú y tu mamá se regresaron a la casa de tus abuelos con la ayuda de tu tía Lore —la hermana menor de tu abuela Mary—, de tu tío Román, su esposo, y de Enrique, el festejado. Un payasito al que esa noche le borramos la sonrisa sin querer.

La cápsula plateada

Esperar y esperar en el frío de la madrugada escuchando las idioteces del culpable me hicieron tocar fondo. Así como templé el ánimo para actuar ante la emergencia, descubrí que quería acabar con los trayectos maratónicos que realizaba durante horas al volante, sobre todo por motivos de trabajo, desde hacía varias semanas atrás. Prefería planear con mayor enfoque mis viajes de una ciudad a otra y evitar así los riesgos al máximo.

Negocié conmigo mismo considerar más a mi intuición. Si bien era imposible colocarme un ojo físico en la nuca, sí podía esforzarme por ampliar mi campo de percepción de lo que me rodea. Llegué a la conclusión de que tenía cierta ceguera respecto a diferentes decisiones que estaba tomando en aquel tiempo. Ponerle mayor atención a mis ojos interiores equivaldría, a partir de ahora, a escucharme más en diversas circunstancias. Es cierto que era imposible prever que un auto a gran velocidad vendría disparado por detrás, pero cuando hago memoria consigo captar un brevísimo instante en el que sentí al vehículo venir.

Desde aquel suceso practico una meditación personal en la que observo humos de diferentes colores fluyendo por mi cuerpo, de la cabeza a los pies y de adentro hacia afuera. Siento y veo en mi abdomen el núcleo de donde emanan los vapores coloridos. A veces es blanco, a veces rojo, o negro. Ahora, por ejemplo, son dos capas en forma de rectángulos: una es blanca y otra de tonalidades morada y azul índigo.

También intento llamar a lo místico. Busco adoptar como parte de mí a aquella fuerza que no controlo pero que me guía por lo indeterminado a través del tiempo y el espacio. Me concentro en mi energía para fortalecer mis ojos interiores. Te protejo con una imagen evocada desde mis entrañas en la que construyo una cápsula de miles de capas metálicas, plateadas, para impedir que las fuerzas y voluntades ajenas te hagan daño.

Theo, mientras exista te protegeré desde la zona más insondable de mi ser. 

No todo es racional. 

Aun cuando no me encuentres ahí estaré.

     


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