Dos abuelas y una madre

Theo:

Nani

El día que tu mamá lloró desesperada porque no querías tomar tu leche —en tu segunda noche de vida—, estuvo a su lado su propia madre, tu abuelita Nani. La abrazó y la consoló con el único amor que se impone a todo: el de una mamá. En medio de esta situación, te tomé entre mis brazos, te hablé ("Theo, es papá. Tómate tu leche"), y bebiste de la mamila al fin. 

Con Nani tienes un entendimiento natural. Como si la relación biológica abuela-nieto incluyera una conexión que descifrara los códigos. Un baño cálido en la tina, un desayuno o una comida deliciosa y un rato de juego son momentos memorables entre ustedes.

Cuando viene a visitarte y llega la hora de despedirse, las gargantas se anudan. Quieres que te lleve. A veces te subes a su coche para apartar lugar y consigues unos minutos más a su lado. 

Tu persistencia y el abrazo que le das expresan el amor y el cariño que sientes por ella.

Mary

Tu abuelita Mary es la cómplice que te ayuda a crear tus muñecos de fomi moldeable, y no solo eso, tiene una colección de algunas de tus creaciones. Sabe dónde llevarte a desayunar e intuye la mejor hora para que te bañes. 

Cuando se queda en la casa, te despiertas temprano y gritas "Ita Ayi" para que te escuche desde el otro cuarto y comience un día de juegos y risas. 

Un día pediste ir a la "plaza de la mano", un centro comercial donde hay una enorme mano de gorila que sale de un muro y sostiene sus grandes dedos en el suelo. Antes tu experiencia era agridulce: te daba miedo y curiosidad al mismo tiempo. Esto cambió aquel día. Tu abuelita Mary te llevó cargando hacia la mano y, como si la fortaleza se transmitiera por contacto, quisiste pasear con ella debajo de la enorme palma; tocaste el pelaje. Después te soltaste a correr y a jugar entre los dedos gigantes. Extrajiste una porción de su fortaleza de madre y abuela como si fueras el panda de Turning Red, que se impulsa de la fuerza ancestral de su linaje materno para enfrentar sus miedos. Una película que, por cierto, pedías ver una y otra vez en aquellos días.

Cuando ella no está en la casa, en cualquier momento dices "Ita Ayi, ven", y es hora de pasarle el recado. Cuando vuelve, ya no quieres que se vaya.

Itzel

A veces mientras duermes tu mamá te contempla y dice: "ay, cómo lo amo".

La fuerza del vínculo que hay entre tú y ella proviene de la unión biológica, del cordón que te enlazó a su cuerpo durante cuarenta semanas en el embarazo, pero sobre todo de la conexión amorosa y física, a partir de la leche materna con la que te provee de nutrientes, anticuerpos, protección y confort, el mayor que pueda existir en el universo. Verte recostado en su pecho succionando es una escena clásica de tu infancia.

He sido testigo con admiración del esfuerzo indomable de tu mamá para que te alimentaras de su leche. No hubo comentario, opinión ni obstáculo de la detuviera. Enterada de los beneficios para ti, y asesorada con mujeres que tienen experiencia en la lactancia materna, derramó lágrimas, lo intentó de una y otra forma, fracasó y se levantó, respiró y comenzó de nuevo. Logró que fueras un bebé alimentado por la leche de mamá.

Ella es una llama viva de liderazgo y conciencia. Se le puede ver yendo de un lado a otro de la casa, tomando decisiones, organizando el día, investigando cuál es la mejor escuela, el mejor alimento, las mejores actividades, la mejor manera para que te integres al mundo y seas feliz.  

Conocí a una Itzel bella, sensible, inteligente y alegre cuando nos hicimos novios, hace diecisiete años —en 2004—. Después conocí su fortaleza emocional cuando comenzamos a vivir juntos diez años después —en 2014—. Cinco años después —en 2019—, la maternidad desató en ella un despliegue de habilidades e inteligencias que parecen multiplicarse con el paso de los días. 

Recuerdo el día que una amiga en común me preguntó: "Álex, ¿qué sientes de tener a un mujerón como esposa?, ¿cómo te sientes con eso?". Me quedé callado, perplejo, al escuchar esta realidad. La respuesta más honesta habría sido aceptar que me sentía aterrorizado, porque implicaba estar a la altura. 

La huida

El día de finales de 2019 en el que tuve un diagnóstico de influenza con los síntomas característicos de lo que hoy conocemos como covid-19, tú tenías cuatro meses. Tu mamá le marcó por teléfono al pediatra, quien le previno de los riesgos de que tú te contagiaras. Yo estaba en casa, tomando medicamentos muy potentes y trabajando. En un parpadeo, tu mamá tenía lista la maleta, la pañalera y me avisaba que se iba con sus papás —tu abuelita Nani y tu abuelito Efri—, y en secreto le encargó a mis papás —tus abuelitos Mary y Nacho— que fueran a verme.

Fue una noche de espanto, con temperaturas que subían y bajaban. Entraba y salía de la regadera para atemperar mi cuerpo. La batalla con el bicho se desarrollaba en su punto más álgido. A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, Mary y Nacho tocaban a la puerta. Mary se dispuso a prepararme comida para enfermo, la que solo una mamá sabe preparar. Me recuperé días después. 

La misma amiga en común me dijo tras aquella vivencia: "Lo que hizo Itzel, la decisión que tomó, es lo que significa ser madre".

No hay manera de refutar.

¡Feliz Día de las Madres!




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