"¡Álex, ya nació Theo!"

Theo:

Me apresuré a sacar las maletas del auto. Era domingo y aún no amanecía. Mi corazón palpitaba con fuerza. Sentía una alegría desbordante. La ilusión de verte era mayúscula y el momento se acercaba. Ese día se cumplía exactamente la semana cuarenta de embarazo, tu corazón se estaba acelerando y ya eras un bebé de buen tamaño en el vientre de mamá. La ginecóloga, Flor, los había explorado minutos antes —a tu mamá y a ti— y había dicho que era el momento ideal para que salieras al mundo.

Nunca olvidaré la torpeza con la que le pedí la clave del wifi del hospital cuando me preguntó si tenía alguna duda. Mi mente estaba en algún punto de la estratósfera y regresaba por un instante al escuchar la pregunta de la doctora. "Ay, mi estimado, no me la sé. Pregúntale a una enfermera", respondió. 

A partir de ese momento entré en un estado aumentado de conciencia. Supongo que mi cerebro secretaba tal cantidad de sustancias que esta experiencia podía equipararse a la de consumir drogas. Era como estar dentro de un sueño. Todas las veces que había ejercido la labor de reportero presenciando un suceso se quedaban cortas en comparación con esta vivencia. Acaso me hice periodista para poder captar con suficiencia este hecho extraordinario: tu nacimiento.

Por supuesto, tenía una lista de canciones en Spotify con la que pensaba en ti durante los meses previos a tu nacimiento. Se llama Theo. La primera melodía, Zion, llevaba mi mente a lugares antes desconocidos. Me relajaba mientras imaginaba el momento del parto. Lo apreciaba como un momento místico y maravilloso, sin embargo, cuando llegó el día, el acontecimiento fue más que eso: fue una explosión de energía, un instante multicolor. Dudo haberme sentido tan feliz en alguna otra ocasión. Cierro los ojos para recordar y veo la luz que emanabas cuando saliste de mamá. Tenía un brillo desconcertante, del que todo ser oscuro habría querido absorber. Fue una experiencia energética, física y visual. 

Tuve un guía antes de entrar a la sala de parto, el pediatra, Jesús, quien se encargaría de inspeccionarte. Fue muy generoso. Me orientó para que tomara un traje azul; me explicó por dónde caminar y por dónde no dentro del quirófano, y me dio detalles sobre cómo llevarte cargando con tu mamá después de que él te revisara. 

Seguí sus instrucciones al pie de la letra. Fui la tercera persona que te tuvo en brazos al nacer, después de Flor y de Jesús. Y fui el privilegiado que te puso por primera vez en el pecho de tu mamá. Un hecho que me conmueve hasta las lágrimas. La primera fragilidad humana es la del nacimiento y presenciarla es ver quiénes somos en estado puro, antes del entorno, de la educación, de la influencia externa. 

No me importó que fuera domingo por la mañana. Hice un grupo de WhatsApp en el que describía lo que pasaba dentro del quirófano y compartía algunas fotos. Al lado de tu mamá estaba Vania, nuestra doula, quien nos guio durante el embarazo. En el momento del parto, ella estaba al pendiente de lo que necesitara tu mamá y le ofrecía diferentes aceites aromáticos para que estuviera relajada.

Tuve que detener el registro cuando Flor dijo: “el papá va a cortar el cordón”. Me quedé mudo de alegría y concentración. Las doctoras me dieron unas tijeras similares a las que se usan en las pollerías, extendieron el cordón umbilical y pras. Di un corte certero. El que te dio la primera independencia de tu mamá. 

Ahora estabas fuera. 

Segundos antes acababa de ver por primera vez tus ojos grandes, tu semblante tranquilo, tu expresión inquieta ante el mundo, tu silencio expectante. No lloraste al nacer pero la expresión de tu rostro gritaba “¡aquí estoy!”. 

Después siguió el camino a los cuneros, donde estarías unas horas mientras tu mamá se recuperaba. Yo iba como un escolta al lado de ti mientras dos enfermeras te trasladaban en una cuna con ruedas. Fui tu acompañante en tu primer viaje: del quirófano a los cuneros. Una vez que llegamos me dejaron unos minutos contigo. Estabas encapsulado y en calma. Te veías tierno y tranquilo en tu nuevo hábitat. Tus ojos inquietos parecían alimentarse con lo que percibían. Mi emoción se condensaba en un instante. Estaba incrédulo de las sensaciones maravillosas que tenía al estar contigo. A través del cunero transparente veía la obra de arte más bella, al mejor ser humano, al bebé más adorable. 

Ahora podía afirmar que era el padre de Theo.

Coda

Tus abuelos —maternos y paternos— esperaban en la planta baja del hospital. Sabían que todo marchaba bien por mis mensajes en el grupo de WhatsApp, pero estaban expectantes. Querían verte a ti y a tu mamá. Eso tardaría algunas horas, pero por lo pronto estaba con ellos para contarles cómo estaban ambos. 

En el restaurante del hospital mi mente y mi corazón salieron de la ensoñación y volvieron a la realidad. Eran quizá las nueve de la mañana, pero para mí había transcurrido un día entero. Naciste a las 7:53 de la mañana. Tu abuela Mary —mi mamá—, tu abuelo Nacho —mi papá— y yo habíamos pedido el desayuno y esperábamos a que nos trajeran los platillos.  Yo les contaba emocionado mi experiencia y ellos escuchaban con atención. De pronto hubo un silencio. Nacho tomó mis hombros y, sonriendo como si se le fuera a salir el corazón, me sacudió con fuerza mientras me decía: "¡Álex, ya nació. Ya nació Theo!". Tu abuela Mary le dijo que se tranquilizara. Tal vez pensó que en realidad se le iba a salir el corazón. 

En aquel momento no supe qué decirle a Nacho. Solo sonreí. Pero su euforia, contagiosa, se quedó guardada en mí. 

Esta es mi respuesta.


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