El estetoscopio
Theo:
La frialdad del estetoscopio te espantaba. Era un brusco cambio a cargo de un extraño —el doctor— para escuchar tu corazón, tus pulmones y tu abdomen, que contrastaba con el calor de mamá.
Tus visitas al médico incluían diez o quince minutos de llanto, unas miradas de odio al doctor y un adiós eufórico para celebrar que terminaban aquellos episodios.
La primera vez que pasó no supe cómo actuar, entre el fastidio de traer doble cubrebocas —por la pandemia de coronavirus—, el calor del consultorio y las proyecciones de mi niñez. Tu llanto me recordaba el pánico mudo con el que yo enfrentaba las visitas al pediatra, quien me aterrorizaba con un inesperado movimiento para abrir una puerta corrediza. Su aparición ruidosa precedía unas revisiones silenciosas. Había una gravedad en su mirada, una seriedad que aborrecía porque él no me decía ni me explicaba nada. Las escuetas frases que pronunciaba iban dirigidas a mi mamá. El olor de su loción me provocaba náuseas. Si yo no tenía un síntoma antes de llegar al consultorio, aparecía uno al estar ahí.
A veces empezabas a llorar desde el estacionamiento. En el elevador te calmabas un poco y en cuanto salíamos al pasillo no querías que te soltáramos (tu mamá o yo). Sentías mucho miedo. Me pregunto si el miedo se hereda. El mío —cuando era niño— comenzaba justamente en el elevador, que olía a una combinación entre loción masculina y estela de cigarro.
Yo intentaba hablar contigo, explicarte por qué íbamos al doctor, te cargaba y te abrazaba. Pero solo querías huir. Señalabas con el dedo hacia algún lugar lejano.
Cuando la asistente del médico avisaba nuestro turno, estallabas en llanto. Pedías a tu mamá que te cargara y no querías despegarte de ella. El doctor indicaba que te colocáramos en la camilla y ya no podíamos hacer nada por ti, salvo con señas y miradas a la distancia. Tus gritos eran desgarradores. El doctor te platicaba, explicaba, intentaba tranquilizarte con palabras mientras te inspeccionaba. Un pediatra muy diferente al mío. Platicador, sonriente, cariñoso, expresivo.
Y ahí estaba el frío estetoscopio sobre ti. La sesión de desconsuelo llegaba a su punto máximo. Finalmente a la báscula y a tranquilizarse... hasta la siguiente consulta.
La última vez que fuimos algo cambió. Sé que estás creciendo a una velocidad de crucero, sin interrupciones, pero mi sorpresa fue mayúscula. Me proyecté de nuevo.
El ambiente era diferente. El nuevo consultorio del doctor te recibió con una resbaladilla en el área de espera donde te deslizaste una y otra vez. Cuando viste al pediatra lo saludaste alegre. "¡Hola!", dijiste detrás de tu cubrebocas. Caminamos por un pasillo hacia la consulta. El llanto de antes ahora era un silencio apacible, como si afrontaras el miedo como lo hiciste con la máscara de hombre lobo.
En el consultorio pediste al doctor que te mostrara la vista por la ventana, a nueve pisos de altura. Llegó la hora de la revisión y fluiste tranquilo. Tu mamá y yo cruzamos una mirada de asombro. Primero, el estetoscopio; después, el otoscopio —para inspeccionar tus oídos—, y al final, la báscula. Doce kilos, cuatrocientos gramos, a tus dos años y nueve meses.
Jugaste con una pequeña casa que estaba en el librero. También con un rompecabezas de madera. Mientras, el doctor le explicaba a tu mamá los detalles de las vacunas que próximamente te aplicaría y recibiste con serenidad la que te tocaba ese día.
Antes pediste el estetoscopio y el pediatra accedió. Sobre la camilla te enseñó cómo funcionaba. Te colocó los auriculares y te habló a través de la pieza circular, blanca y fría que antes te espantaba. Jugaste con el aparato.
Tuve un impulso por sacar mi teléfono celular para captar el momento, pero elegí seguir viendo y sintiendo con un nudo en la garganta y los ojos acuosos: mi pediatra, tu pediatra, mi miedo y el tuyo. El silencio de mi niñez y tu manera de afrontar la situación hoy. Cuánta resiliencia hay en ti.
Gracias por la lección.



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