La videograbadora emocional
Theo:
A veces la conciencia del presente me permite ver en tiempo milimétrico. Imagina que puedes captar una gota de agua mientras viaja en el aire y adentrarte en ella. Supongo que algún tipo de droga tendrá un efecto similar, de amplificación de lo diminuto. Yo no he necesitado ninguna sustancia, solo las del cerebro. Es decir, estar borracho de paternidad.
No sabía que me pasaría. Tenía nociones de que viviría esta etapa con intensidad, pero esto es otra cosa. Me ha atrapado por completo. Hay días en los que te observo y mis sentidos se convierten en una cámara de trescientos sesenta grados. Percibo cada detalle. Me sumerjo en los sentidos y las emociones escalan.
Me pasó cuando te pusiste una máscara y una cola de perro que hicimos entre tu mamá y yo con papel, a petición tuya.
Jugabas con Tobi sin pronunciar una palabra, fiel al personaje. Jadeabas con la lengua de fuera, girabas en tu propio eje y querías que Alexa —esa bola de sonidos— pusiera la canción del perro Bobby.
Se la pedí pero entendió otra cosa y reprodujo una nana a base de guitarra y ladridos. Quedé hipnotizado al toque. «Este suceso no se repetirá» pensé. Respiré hondo, conecté con mis sensaciones y eché a andar la videograbadora emocional. Esa que registra los instantes mágicos. La que me hace recordar las tardes en las que tu abuelo Nacho nos ponía a tu tía Ceci y a mí las cintas grabadas con su cámara de ocho milímetros.
En la mayoría aparecía una Ceci pequeña e inquieta. Se proyectaba sobre la pared. Había un sonido y un aroma. El carrete traqueteaba mientras expedía el característico «olor a película».
La mente es una maquinaria maravillosa que sabe mezclar el antes con el ahora. El arte es el resultado de esas imágenes atravesadas por el corazón. Es su manifestación.
Cuánta ternura hay en ti, en tu imagen disfrazado de perro. Debes saber que existe en tu estado más puro, en tu ser más original.
«¡Chicharol!»
Un domingo fuiste al circo por primera vez. Tenías gran expectativa, igual que tu mamá y que yo. Viajé a los fines de semana en los que iba al circo con Mari, Ceci y Nacho. Las luces, la música, las acrobacias de los artistas.
Se encendió la videograbadora emocional:
El payaso convocó a niños y niñas a contestar unas preguntas. Una niña y después un niño subieron al escenario. Ninguno atinó a responder sin equivocarse. Luego se dirigió a ti. Me tomó desprevenido, pero tú querías ir. Te llevé de la mano. Subiste los escalones veloz.
Te miré con asombro mientras interactuabas con el payaso, que te pedía decir «chicharrón» a todas sus preguntas. «¿Cómo te llamas», interrogó. Titubeaste. Hiciste una mueca de llanto. Me acerqué por si me necesitabas.
Con el miedo latente gritaste «¡Chicharol!».
La palabra reverberó por la carpa y retumbó dentro de mí.
Eres valentía, coraje, ternura... y tantas cosas que alimentan a la videograbadora.



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