Torrente covid-19
Theo:
Estaba en plena jornada de trabajo en un edificio del Gobierno de la Ciudad de México. Caminé a una farmacia, compré el disco mágico, el Seretide de polvos que desinflaman los pulmones; absorbí por la boca dos veces —uuhgg, uuhgg—, y entré de lleno en el torrente, en un ciclo de la vida llamado covid-19.
Era diciembre de 2019 y tú tenías cuatro meses de edad. Un virus atacaba mis pulmones y el cuerpo le daba una batalla majestuosa. Tenía insuficiencia respiratoria. Parecía algo pasajero y con esta visión afronté aquellos días. Una fiebre potente era el síntoma mayor. El culmen de la batalla fueron la noche y madrugada en las que me sentí fatal... de cuerpo pero no de ánimo. Me encontraba en paz, ecuánime. Mi organismo estaba en sintonía con mis emociones, luchando con todos los recursos del sistema inmunitario.
Han pasado casi tres años, el mismo tiempo que duré sin alojar otro virus. El viaje ha sido como entrar en un tobogán kilométrico y salir exhausto. Que resistiéramos tu mamá, tú y yo sin contagiarnos, mientras el mundo sufría los efectos de una pandemia, fue un reto descomunal. Si se otorgaran premios obtendríamos el primer lugar con mención honorífica. Encaramos con cuidado, sigilo y estrategia un juego escalofriante de consecuencias reales y letales.
Dos días después de la fiesta por tus tres años, el coronavirus ya era un huésped en la casa. Nadie lo invitó pero merodeaba a sus anchas. Su primera víctima fue tu mamá, luego tú y al final yo. Vaya días de temer. Resistimos, nos cuidamos el uno al otro e intentamos entender al ente. Su finalidad única era apartarnos de la vida funcional.
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| Imagen del coronavirus en una micrografía coloreada. Crédito original: Niaid/Planet Pix via Zuma Press/Cordon Press. |
Cuando nos recuperamos de la enfermedad, fuimos por unas hamburguesas. Otras personas visitarían un templo, nosotros elegimos Carl's Jr.
Fin de ciclo
Terminó el torrente iniciado cuando enfermé a finales de 2019. Una historia circular que comenzó y concluyó con un virus. Rainer Maria Rilke escribió sobre aquello que nos transforma:
«Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién llegado, se nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no alcanzamos a saber lo que fue… Sería fácil hacernos creer que no sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped».
Y llamó a la puerta el nuevo ciclo, con cuadernos y libros bajo el brazo.
Theo, entraste a primero de kínder en una escuela con muros, juegos, maestras, compañeras y compañeros.
Bienvenido el torrente llamado «escuelita»... por más que mi garganta se aferre a recordar la tristeza de dejar atrás las mañanas en casa.




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